A Gernika




Lunes

Siempre que vuelve a su pueblo natal la embarga la tristeza y el miedo, lo que le produce un desasosiego como el que sintió aquella tarde, cuando los aviones parieron y esparcieron su horror sobre las calles soleadas.

Hoy el cielo está azul y luce plácido, como aquel lunes. Camina con pasos aprendidos desde la niñez. Sin embargo, un fugaz sentimiento de pérdida la roza en ese momento y se encuentra de repente en un barrio desconocido, en un ir y venir de gente asustada corriendo sin rumbo alguno, gente que más que pisar el suelo lo sobrevuela.
Una señora pasa a su lado y le sonríe como si la conociera. Aquella sonrisa le recuerda a la que le dedicó su madre aquella mañana cuando salió de casa, una casa antigua, de paredes recién enyesadas, situada al final de una calle poco transitada.

Al cruzar bajo los arcos de la plaza grande llega hasta ella un olor ya olvidado. Curiosa, mira a un lado y a otro. Debajo de uno de los arcos, una aldeana asa unas castañas en una parrilla hecha con cuatro hierros en los que se sustenta una paila agujereada sin orden ni concierto. Se acerca y observa a la mujer. Es muy vieja, tiene la cara agrietada como la tierra cuando se reseca. Un pañuelo negro cubre sus cabellos canos. La anciana levanta la vista y la mira fijamente. Hay palabras que dicen poco y silencios que dicen mucho. Sus ojos le dan miedo, son como grutas.

Atemorizada, desvía la mirada y sigue su camino aprendido. Se cruza con mujeres que entran y salen de las tiendas. Hoy como entonces,  es lunes, día de mercado. Nada más entrar se queda extasiada ante el festival de olores, colores y sonidos que allí se reúnen. Algunas mujeres acarrean bolsas de tela hechas con trozos de ropa en desuso para guardar la compra. Otras, más pudientes, llevan los labios pintados y arrastran abultados carritos con ruedas. Hay mujeres que, disimuladamente, guardan en sus bolsillos cosas pequeñas que sisan aquí y allá; una manzana, unas patatas, algunas nueces. Ve a una niña de unos doce años, con largas trenzas, que dobla un puerro y se lo mete debajo de la camiseta sin dejar de sonreír.

Se dirige a la zona de la plaza donde venden flores y plantas. Compra un bonito ramo de claveles blancos y sale del mercado en dirección al cementerio. Le gusta visitar el cementerio y pisar el musgo añejo de sus calles y sus piedras. Acostumbra a visitar el mausoleo donde se honra a los hombres y mujeres fallecidos en la guerra. Deposita el ramo de flores y se recoge en una oración por sus abuelos maternos.
Por uno de los pasillos laterales pasan unos niños jugando a buenos y malos. Sus chillidos rompen el silencio ronco de los habitantes del cementerio. No saben que las personas allí silentes oyen cosas cercanas y lejanas. Oyen lo que nadie más puede oír y ven lo que no es visible para los de afuera.

Se fija en los niños. No parecen de esta época. Visten con ropas que no son suyas. Llevan ceñido el cinturón de su padre, los pantalones que seguramente han heredado de su hermano mayor y calzan botas rescatadas del cotolengo. Uno de los niños tropieza y al caerse su cabeza choca contra el suelo. Se levanta como si nada hubiera pasado. Tiene un corte en la frente del que brota un hilillo de sangre que tiñe de rojo por donde resbala.

Su primer instinto es acercarse para revisarle la herida, pero justo en ese momento el chico se envalentona y con actitud desafiante, se limpia la sangre de un manotazo esparciendo la mancha roja hacia la mejilla, lo que le da un aspecto de indio guerrero que le recuerda a las películas de vaqueros que dan en la tele los domingos por la tarde.

Se da media vuelta y se vuelve a arrodillar frente al mausoleo. Acomoda bien el ramo de claveles y se refugia en el infierno de las ausencias mientras en su corazón sigue palpitando un adiós emocionado.




Jone Miren Asteinza





8 comentarios:

  1. Triste relato que nos lleva a tiempos pasados aunque no vividos.Besicos

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    1. Tiempos pasados vividos por mi amatxo y toda su familia.
      Celebro te haya gustado.
      Un abrazo

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  2. Estupendo el relato que hará revivir momentos tristes de la vida de algunos. Abrazos

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    1. En mi familia todavía viven esos tristes recuerdos.
      Me alegra mucho saber que te ha gustado.
      Un fuerte abrazo

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  3. Aunque es triste me ha encantado el relato.
    Un abrazo.

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    1. Y yo celebro que te haya gustado, Rafaela.
      Un fuerte abrazo

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  4. Ya quedan pocas personas que lo vivieron, y fueron muchas en Gernika, en Belchite, en Paracuellos... y tantos lugares. Un abrazo

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    1. En mi familia todavía viven personas que sufrieron ese fatídico día.
      Un fuerte abrazo

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