La noche de las salamandras

Todos los años cuando llegaba el otoño, un grupo de mujeres se reunían todas las noches de luna llena para hablar de sus cosas, de sus problemas, de sus ilusiones, de sus experiencias y de sus sueños. Eran ocho mujeres, de diversas edades e ideologías, ocho espíritus rebeldes que para la ocasión, vestían camisa y pantalón negro, y al cuello, un pañuelo de seda con dibujos  amarillos sobre fondo negro. Por su forma de vestir, por su belleza y majestuosidad eran conocidas como las salamandras. Siempre elegían aquella cueva para su encuentro, la misma cueva donde acostumbraban a reunirse sus antepasados, un lugar rodeado de bosques, casi mágico, donde la fantasía y la realidad se mezclan,  un lugar ideal para hacer un apasionante viaje a través del tiempo.

Entraban a la fogata cantando y danzando  en grupos de dos desde los cuatro puntos cardinales. Luego, Elena, la mujer de mayor edad, era la encargada de encender el fuego con un leño usado en la fogata anterior. Durante el encendido las demás mujeres recitaban de memoria antiguos cánticos que habían ido pasando de madres a hijas. Allí, sentadas alrededor del fuego, se disponían a compartir la comida y bebida que cada una de ellas había llevado para la ocasión. 

Al finalizar la cena, tomaban una infusión de mandrágora, una planta afrodisíaca gracias a la cual podían desinhibirse totalmente, haciendo más fácil que todas pudieran expresar en voz alta, como si de una confesión publica se tratara, lo que les había llevado a asistir a la reunión de esa noche. Una noche en la cual tomaban decisiones importantes, noche que parecía detenerse en el tiempo buscando entre todas la mejor solución a sus problemas. Mujeres que usaban sus buenas vibraciones para curar los males del alma, aportando claridad de pensamiento e impulsando la renovación y el cambio.

Empezó hablando Alicia, una mujer bonita y sofisticada a la que por envidia le crearon la mala fama de manipular a los hombres para que satisficieran todos sus antojos, impidiendo así que ningún hombre se le acercara con fines amorosos.

Siguió Ainoa, una mujer ya madura, de una elegancia fuera de serie y un gran atractivo físico. Ainoa  se pasó la vida ahorrando para hacer el viaje de sus sueños pero siempre surgía algo que le impedía realizarlo.

Susana, la mas joven del grupo, contó como vagaba durante el día por las calles buscando sin encontrar al hombre ideal para tener un hijo, durmiendo todas las noches acurrucada en la cuna infantil que permanecía vacía al lado de su cama.

Laura que a falta de recuerdos propios sentía un gran vacío en su vida y se gastaba todo su dinero comprando recuerdos ajenos, viéndose atrapada en una realidad que no era la suya y de la cual quería escapar.

María, una mujer independiente y muy inteligente que pensaba que la vida era muy corta y por eso se empeñaba en vivirla demasiado deprisa, no pudiendo evitar cometer algunos errores que le atormentaban durante las noches de insomnio.

Carlota, la única del grupo que vestía siempre de negro, una mujer que al enviudar se encontró sin lágrimas con que llorar su pena y se pasaba la vida cortando cebollas pues era la única manera de llorar a gusto.

Juana, señora acomodada que siempre lucía un collar de perlas impresionante que había heredado de su abuela. Un collar que según se decía,  traía más penas que alegrías a quien lo llevara,  haciendo imposible encontrar a alguien que lo quisiera.

Y por último tenemos a Elena, la salamandra mayor, la coordinadora del grupo, que precisamente ese día cumplía 65 años. Mujer de caminar seguro y pausado, de sonrisa amplia y de ideas claras, capaz de dar el consejo oportuno en el momento justo.
De Elena se decía que había vivido experiencias difíciles, que era precisamente esas experiencias, las que le habían dado una gran fortaleza mental, eligiendo vivir su vida como ella deseaba sin importarle lo que opinaran los demás. Y aunque conoció a muchos hombres, nunca se casó. Era como una abeja laboriosa, empeñada en fabricar un delicioso panal de recuerdos para poder endulzar las amargas circunstancias bien fueran propias o ajenas.

Después de escuchar las historias de las siete salamandras, se puso de pie e invoco al espíritu del fuego diciendo:
-"¡Oh  Espíritu! Tú que conoces el secreto de la vida, muéstranos  el camino de la verdad, permítenos bailar alrededor del fuego de nuestros antepasados, enséñanos  a ser tan libres como el viento, tan fuertes como el halcón, y  tan sabias  como la naturaleza"

Se sentó alrededor del fuego junto a las demás y cogió entre sus manos el tazón con la infusión que le ofrecia Carlota, bebiendo a pequeños sorbos, disfrutando su aroma y su sabor. Echo una furtiva mirada a todo lo que le rodeaba, nunca un paisaje, unos olores y unos sabores le habían atraído tanto. A su recuerdo acudieron recuerdos de otros tiempos, de aquellos momentos en el tiempo que se esfumaron para siempre. Cerró los ojos y sintió una extraña mezcla de melancolía y de esperanza y se preguntó si un recuerdo es algo que se tiene o algo que se ha perdido.